LA NIEVE
Cada vez que nieva me asombro como si fuese la primera vez. Me sorprendo de la levedad de los copos, de su inesperada frialdad —siempre los imagino de algodón— y de la luz rosácea y del color del cielo panza de burra y del silencio que lo cubre todo.
Cuando nieva siento la necesidad de lanzarme a las calles a corretear como los cachorros y dejar que los copos cosquilleantes se cuelguen de mis pestañas y resbalen por mi nariz y lanzar bolas y meterme un buen puñado helado en la boca. Luego cobijada detrás de la ventana, envuelta en una manta junto al radiador sorber una taza de chocolate caliente y abrazarte bajo el edredón refugiada en tu cuerpo dulce.
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