Tomó la
bola de cristal entre sus manos y la acarició. Cerró los ojos y se la llevó a
la frente, la hizo rodar por la cara, por los labios, por el
cuello. Su tacto fresco y suave calmó la fiebre. Se concentró en la
sensación de dureza, en la pesadez perfectamente redonda. Luego,
tomándola firmemente con las dos manos, observó su interior.
Y miró y vio la niebla que rebosaba suavemente desde la cima de
Amboto como la leche hervida se rebosa del puchero, el amanecer y el sol
del mediodía. Vio la lluvia y la nieve y el viento jugando con la hojarasca.
Reconoció el árbol centenario que cobija el mundo conocido con sus ramas
extendidas. Contemplo a los amigos charlando en el porche al atardecer y el
silencio que impuso la luna.
Y supo
que el año nuevo sería tan perfecto como el que terminaba. Que el futuro le
prometía días blancos y negros, azules, encarnados, dorados. Jugosos como
las naranjas dulces, ácidos como el refrescante limón. Fríos para acurrucarse
junto al fuego y calurosos para disfrutarlos en el arroyo. Supo que lloraría y
reiría, que le dolería y que pasaría. Que algo parecido a la felicidad
ocurriría una mañana y en otra se sentiría desgraciado.
Tuvo la
certeza de que cada día le depararía una sorpresa y que el secreto era no
dejar que nada de esto se le escurriese entre los dedos.
