Las numerosas tías de Ángeles Mastreta tenían los ojos grandes, mi tía
Edelmira los tenía pequeños.
La tía Edelmira, desde niña, había tenido una creencia y un sueño. O al menos eso contaba una y otra vez. La creencia : tal y como fuese la Nochevieja así sería el año que comenzaba. El sueño : una Nochevieja de ensueño que marcase una era mágica en su vida.
Hasta la fecha sus
nocheviejas habían sido corrientes y molientes (que decía su madre y mi
abuela). Consabida cena familiar. Campanadas mirando la televisión.
En lugar de uvas, gajos de mandarina ( creo que le vendió la idea a los
productores de mandarina de Castellón y se está forrando). Partidas de tute
hasta altas horas de la madrugada. Para lucir
el detallito festivo que adornaba su atavió por lo demás de diario,
una copa en algún antro camino a casa.
En
el invierno de 2000 la tía Edelmira y su marido tuvieron
unos días de vacaciones hacia finales de año. A él
le entusiasmaba el mundo árabe y la convenció para viajar
a Marruecos.
Edelmira hubiese
preferido salones renacentistas profusamente iluminados. Vestidos de fiesta
rasos, sedas y terciopelos, zapatos de cristal. Serpentinas y confetis. Cava
dorado. Sonrisas y lagrimas. O en su defecto pies descalzos sobre la arena, el
mar Caribe golpeando en los tobillos. Besos y pasión al dar las doce. Ron
,moreno y dulce.
Pero
ya puesta a la tarea se compro “Las mil y una noches”: tambores bajo la jaima,
caballos blancos galopando entre las dunas, hombres azules de mirada oscura.
Amaneció el día
prometido gris y húmedo. La tía Edelmira cuenta que
desayunaron en una vieja pastelería árabe, preciosa, toda
alicatada. Zumo de naranja, pasteles de hojaldre y miel, te dulce con
hierbabuena.
Pasearon por la
medina, se acercaron a la judería y bordearon los talleres de los artesanos
junto a la muralla. Todo debajo de los paraguas saltando charcos y charquitos.
Mientras su marido
visitaba el zoco de los plateros, ella, cansada, se refugió en el hotel. Metida
en la cama, con los guantes puestos y leyendo Omar Khayyam, esperó a
que llegase la noche.
A
Edelmira le quedaban pocas ganas de vestirse de gala así que un año
más optó por el detallito festivo. Se colocó un pañuelo rojo en torno al cuello
y salió en busca de su noche.
Habían elegido un
restaurante más elegante que lo acostumbrado y quizás por eso mismo vacío,
terriblemente vacío. La oferta era escasa y la tortilla francesa que
cenó la tía tenía un color verduzco, seguramente debido a la
iluminación del local.
Después de la cena
jugaron al parchís en un café de la plaza. ( La tía Edelmira no juega al
parchís desde entonces.) Bebieron champán de la botella que tenían escondida
debajo de la mesa.
A las doce,
Edelmira escucho unas campanadas lejanas. Con la punta
del pañuelo rojo se froto delicadamente los ojos. Más tarde nos
confesó que una lagrima resbalo por su mejilla
en aquel momento.
Y
así comenzó el año mágico de la tía Edelmira. Nunca más nadie la ha
vuelto a oír hablar de creencias, rituales y nocheviejas. Ahora
bien, en primavera de ese año, se separó de su marido. En
verano viajo al Caribe. Y la siguiente noche vieja ...la noche vieja del
2001... pero eso os lo contaré en otra ocasión.
