viernes, 31 de diciembre de 2010

HOMENAJE A ÁNGELES MASTRETA Y A SUS NUMEROSAS TÍAS


Las numerosas tías de Ángeles Mastreta tenían los ojos grandes, mi tía Edelmira los tenía pequeños.


La tía Edelmira, desde  niña, había tenido una  creencia y un sueño. O al menos eso contaba una y otra vez. La creencia : tal y como fuese la  Nochevieja así sería el año que comenzaba. El sueño : una Nochevieja de ensueño que marcase una era mágica en su vida.
Hasta la fecha sus nocheviejas habían sido corrientes y molientes (que decía su madre y mi abuela). Consabida  cena familiar. Campanadas mirando la televisión. En lugar de uvas, gajos de mandarina ( creo que le vendió la idea a los productores de mandarina de Castellón y se está forrando). Partidas de tute hasta altas horas de la madrugada.  Para lucir el  detallito festivo que adornaba su atavió por lo demás de diario, una copa en algún antro camino a casa.
En el  invierno de 2000 la tía Edelmira y su marido  tuvieron unos días de vacaciones hacia finales de año.  A él le  entusiasmaba el mundo árabe y la  convenció para viajar a Marruecos.
Edelmira hubiese preferido salones renacentistas profusamente iluminados. Vestidos de fiesta rasos, sedas y terciopelos, zapatos de cristal. Serpentinas y confetis. Cava dorado. Sonrisas y lagrimas. O en su defecto pies descalzos sobre la arena, el mar Caribe golpeando en los tobillos. Besos y pasión al dar las doce. Ron ,moreno y dulce.
         Pero ya puesta a la tarea se compro “Las mil y una noches”: tambores bajo la jaima, caballos blancos galopando entre las dunas, hombres azules de mirada oscura.

Amaneció el día prometido gris y húmedo.  La tía Edelmira cuenta que desayunaron  en una  vieja pastelería árabe, preciosa, toda alicatada. Zumo de naranja, pasteles de hojaldre y miel, te dulce con hierbabuena.
Pasearon por la medina, se acercaron a la judería y bordearon los talleres de los artesanos junto a la muralla. Todo debajo de los paraguas saltando charcos y charquitos.
Mientras su marido visitaba el zoco de los plateros, ella, cansada, se refugió en el hotel. Metida en la cama, con los guantes puestos y leyendo Omar Khayyam,  esperó a que llegase la noche. 
A Edelmira  le quedaban pocas ganas de vestirse de gala así que un año más optó por el detallito festivo. Se colocó un pañuelo rojo en torno al cuello y salió en busca de su noche.
Habían elegido un restaurante más elegante que lo acostumbrado y quizás por eso mismo vacío, terriblemente vacío. La oferta era escasa y la tortilla francesa que cenó  la tía tenía un color verduzco, seguramente debido a la iluminación del local.
Después de la cena jugaron al parchís en un café de la plaza. ( La tía Edelmira no juega al parchís desde entonces.) Bebieron champán de la botella que tenían escondida debajo de la mesa.
A las doce, Edelmira  escucho unas campanadas  lejanas. Con la punta del pañuelo rojo se froto delicadamente los ojos. Más tarde nos confesó  que  una lagrima resbalo  por su mejilla en aquel momento.


Y así  comenzó el año mágico de la tía Edelmira. Nunca más nadie la ha vuelto a oír hablar de creencias, rituales y nocheviejas. Ahora bien,  en primavera de ese año,  se separó de su marido. En verano viajo al Caribe. Y la siguiente noche vieja ...la noche vieja del 2001...  pero eso os lo contaré en otra ocasión.