Apagó el ordenador y
giro la silla despacio. Pensativa, sonriendo para dentro se dirigió al comedor
y miró con detenimiento el viejo aparador de roble, acariciando sus líneas
suaves y su color apenas matizado por la cera que el abuelo se
empeñaba en utilizar en todos los muebles que construía. Recordó: “...el barniz
mata la madera, al contrario que la cera que la mantiene viva la alimenta....”
Sí, un día de estos debiera de darle un poquito de cera ..
En la vitrina
reposaban la cristalería en espera de alguna cena especial, los recuerdos de
algunos viajes, los regalos de aquel amigo...
En la puerta de la
derecha estaban las botellas de licor. El whisky que tanto apreciaba E., el ron
dominicano, peleón, favorito de J., el calvados que compró para hacer aquel
postre desastroso, el tequila que trajo M. el día de la cena mejicana... Entre
las botellas guardaba también los frascos de especias: clavo y canela, pimienta
blanca y negra, tomillo, romero, albahaca, cilantro y un poco de manzanilla. El
té turco y el indio, la menta seca, el café y en algún rincón un poco de cacao
que habían traído de algún lugar perdido en Sudamérica. Debajo de la caja de
trufas, medio vacía...
Sí, allí estaba lo
que andaba buscando. Era una cajita especial. Ni muy grande, ni muy pequeña,
estaba decorada con mariposas y flores pintadas a mano. Desde el
primer día supo que solo podría utilizarla para esto. Para guardar los besos.
Los besos ocupan poco espacio y esta tenía el tamaño ideal. Los besos, sobre todo
algunos, son etéreos y necesitan una caja que cierre bien. Los besos están
vivos y necesitan un poco de vida alrededor, madera , mariposas y flores
pintadas a mano...Abrió la caja con cuidado y comenzó a rebuscar en ella.
Besos de miel y
mermelada. Besos de chocolate y fresa y de fresa y chocolate. Besos de menta y
labios frescos. Besos de tabaco y alcohol. Besos de compromiso, en la mejilla
sin apenas rozarse. Besos como el roce de una pluma. Besos duros con fuerza,
impetuosos. Besos jugosos y juguetones. Besos de vaca. Besos de niño, risueños,
cosquillosos. Besos en la nariz, en los ojos, en los dedos. Besos tímidos que
se encogen y se esconden detrás de otros apasionados con lengua y todo. Besos
para prender en el cabello. Besos de mantequilla, de mírame y no me toques.
Besos robados en la penumbra y otros arrancados con violencia. Besos que son
mordiscos. Besos que irritan la piel de las mujeres. Besos como alas de
mariposa, Besos secos y húmedos. Besos soñolientos, recién despertados. Besos
especiales que saben recorrer el cuerpo aleteando breves, sin apenas rozarlo y
susurrantes lo preparan para el amor. Besos adolescentes, inexpertos. Besos
presurosos.
Besos en el agua.
Besos explosivos, con ruido. Besos de despedida y de reencuentro. Besos de
perdóname y de muchas gracias. Besos de todas las
nacionalidades: franceses y seductores, italianos latín lover, caribeños
bailones, árabes apremiantes...
Y
en un departamento especial: los primeros besos. Esos en el que corazón se
escapa por la boca y la sangre hirviendo y el alma revuelta y un nudo en el
estómago... Y allí entre puntillas bien guardado: aquel, el primero de todos.
Un beso ligero y tembloroso, apenas un sabor, apenas un olor con una lagrima
prendida en la comisura de la boca.
Y
rebuscando y recordando eligió dos.
Uno era un beso
redondo, completo satisfactorio, orondo, pleno. Un beso de noche de luna llena.
Un beso de mar, un punto salado, un punto dulce. Un beso maduro con equilibrio,
con cierto aroma a grosella y un final suave al paladar.
El otro era
diferente. Era un beso suave y caprichoso. Juguetón y amable que siempre es
bien recibido y acompaña agradablemente cualquier situación. Puede
utilizarse indistintamente en la boca y en la mejilla. Y no por ello deja de perder
su indiscutible encanto.
