sábado, 12 de octubre de 2013

BESOSBESOSBESOS



Apagó el ordenador y giro la silla despacio. Pensativa, sonriendo para dentro se dirigió al comedor y miró con detenimiento el viejo aparador de roble, acariciando sus líneas suaves y su color  apenas matizado por la cera que el abuelo se empeñaba en utilizar en todos los muebles que construía. Recordó: “...el barniz mata la madera, al contrario que la cera que la mantiene viva la alimenta....” Sí, un día de estos debiera de darle un poquito de cera ..
En la vitrina reposaban la cristalería en espera de alguna cena especial, los recuerdos de algunos viajes, los regalos de aquel amigo...
En la puerta de la derecha estaban las botellas de licor. El whisky que tanto apreciaba E., el ron dominicano, peleón, favorito de J., el calvados que compró para hacer aquel postre desastroso, el tequila que trajo M. el día de la cena mejicana... Entre las botellas guardaba también los frascos de especias: clavo y canela, pimienta blanca y negra, tomillo, romero, albahaca, cilantro y un poco de manzanilla. El té turco y el indio, la menta seca, el café y en algún rincón un poco de cacao que habían traído de algún lugar perdido en Sudamérica. Debajo de la caja de trufas, medio vacía...
Sí, allí estaba lo que andaba buscando. Era una cajita especial. Ni muy grande, ni muy pequeña, estaba decorada con mariposas y flores pintadas  a mano. Desde el primer día supo que solo podría utilizarla para esto. Para guardar los besos. Los besos ocupan poco espacio y esta tenía el tamaño ideal. Los besos, sobre todo algunos, son etéreos y necesitan una caja que cierre bien. Los besos están vivos y necesitan un poco de vida alrededor, madera , mariposas y flores pintadas a mano...Abrió la caja con cuidado y comenzó a rebuscar en ella.
Besos de miel y mermelada. Besos de chocolate y fresa y de fresa y chocolate. Besos de menta y labios frescos. Besos de tabaco y alcohol. Besos de compromiso, en la mejilla sin apenas rozarse. Besos como el roce de una pluma. Besos duros con fuerza, impetuosos. Besos jugosos y juguetones. Besos de vaca. Besos de niño, risueños, cosquillosos. Besos en la nariz, en los ojos, en los dedos. Besos tímidos que se encogen y se esconden detrás de otros apasionados con lengua y todo. Besos para prender en el cabello. Besos de mantequilla, de mírame y no me toques. Besos robados en la penumbra y otros arrancados con violencia. Besos que son mordiscos. Besos que irritan la piel de las mujeres. Besos como alas de mariposa, Besos secos y húmedos. Besos soñolientos, recién despertados. Besos especiales que saben recorrer el cuerpo aleteando breves, sin apenas rozarlo y susurrantes lo preparan para el amor. Besos adolescentes, inexpertos. Besos presurosos.
Besos en el agua. Besos explosivos, con ruido. Besos de despedida y de reencuentro. Besos de perdóname y de muchas gracias. Besos de todas las nacionalidades: franceses y seductores, italianos latín lover, caribeños bailones, árabes apremiantes...
            Y en un departamento especial: los primeros besos. Esos en el que corazón se escapa por la boca y la sangre hirviendo y el alma revuelta y un nudo en el estómago... Y allí entre puntillas bien guardado: aquel, el primero de todos. Un beso ligero y tembloroso, apenas un sabor, apenas un olor con una lagrima prendida en la comisura de la boca.
            Y rebuscando y recordando eligió dos.
Uno era un beso redondo, completo satisfactorio, orondo, pleno. Un beso de noche de luna llena. Un beso de mar, un punto salado, un punto dulce. Un beso maduro con equilibrio, con cierto aroma a grosella y un final suave al paladar.
El otro era diferente. Era un beso suave y caprichoso. Juguetón y amable que siempre es bien recibido y acompaña agradablemente  cualquier situación. Puede utilizarse indistintamente en la boca y en la mejilla. Y no por ello deja de perder su indiscutible encanto.

Ya con los dos besos elegidos se dirigió nuevamente al ordenador y  tras darles   instrucciones precisas y despedirse adecuadamente de ellos, los envió. 

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