sábado, 30 de septiembre de 2017

ALMAZUELA


DISEÑO DE LOS PARCHES

Nos saco esta foto el yerno de la mujer del sombrero de paja, la que se sentaba a mi lado. Todas éramos desconocidas pero apoyadas en la barca vieja, bajo la sombra del sauce, charlamos como viejas amigas toda la tarde.
            A finales del verano tu abuelo tenía la costumbre de llevarnos al pantano de Landa . Me lo comunicaba muy serio y compraba los billetes para  el tren. Yo preparaba la comida.
            Solía asar unos pimientos en la chapa y los pelaba con poco cuidado y mucha prisa,  siempre les quedaba alguna pellejo, cosa que a él  le irritaba sobremanera. Los rehogaba a fuego muy lento,  en una cazuela de barro  con ajos y poquísimo aceite. Luego desmigaba los restos de la carne del cocido. Y así preparaba un revuelto  que llaman “ropa vieja”. Cortaba una otana grande y la ahuecaba quitándole la miga, de forma que hiciese de plato donde colocaba el revuelto que tapaba con la otra mitad.
También cocía patatas, zanahorias y huevos que cortaba en rodajas. Luego añadía lechuga , algún resto de pimiento, unas aceitunas y  hacía una ensalada de verano que aliñaba cuando llegábamos.
Llevábamos cerezas y guindas de la huerta y una botella de vino que él compraba en la bodega de Majuelo.
Tu padre y tu tío, de muchachos, soñaban con ese día todo el año . Creo que este de la foto fue el último. Tu tío tendría unos diecinueve años y tu padre sobre los dieciocho.
En la foto, se me ve de espaldas mirando el agua quieta y  se intuye la sonrisa de satisfacción que bailaba en mis labios mientras contemplaba a los tres hombres: tu abuelo José, tu tío Ángel y tu padre Miguel.
            Tu abuelo y sus dos hijos paseaban descalzos por la orilla del lago, envidiando a los dueños de las barquichuelas que se divertían buscando el viento.
            Sus zapatos vacíos reposaban a mi lado, bajo mi cuidado...
Los  zapatos negros brillantes de José con sus calcetines cuidadosamente doblados, limpios y sin zurcidos. Elegantes, discretos y serios. Tan serios.
Las alpargatas descuidadas de Ángel, siempre mohíno y enfurruñado. Ceño perpetuamente fruncido desde que murió su madre. Culpando a su padre y quizás un poco a mí también.
Las sandalias, a medio camino entre niño y  hombre, de Miguel, el pequeño sabandija, inteligente y vivaracho. Siempre cizañando a su hermano.
Y mis zapatos. Mis zapatos nuevos. José me los regalo el mismo día que me anunció la excursión. Eran de su  difunta esposa , no estaban los tiempos para gastos. Fueron  zapatos prestados, como todo lo demás en ese día. Me llevo del brazo, me trato como si fuese quien no era y quien nunca podría ser. 
 Dejé que las mujeres creyesen que eran mi familia. Me comporte como esposa enamorada y madre feliz de dos hermosos varones. Si hubiesen sabido la verdad seguramente no me hubiesen dirigido la palabra. Y aquel día no quería estar sola.
Le pedí a la mujer del sombrero de paja que me  enviase esta foto y le di la dirección de la vieja casa de piedra.
            Luego más tarde aquella  noche, tu abuelo y yo  hablamos largo y tendido, en el porche, sentados en las sillas nuevas de mimbre, bajo la acacia.
Yo no podía permitirme más comentarios, ni rumores, ni chismorreos. Él  lo entendió. Me siguió tratando con el respeto de siempre, con amabilidad, con dulzura incluso, pero dejo de mirarme.


PREPARACION DE LAS PLANTILLAS

Hola querida amiga:
En tu última carta me preguntas por la tantas veces mencionada  Carmela. Su recuerdo esta unido al de mi primera infancia.
Era una mujer alta, rubia, con la nariz afilada y larga de las vascas.  Los ojos azul claro del color que dicen que es el hielo en los glaciares. Elegante en todo momento. Toda una señora que siempre supo llevar la cabeza alta.
Cuando  se enfadaba no decía nada. Sus labios finos se hacían casi invisibles  y en sus mejillas aparecían unas manchitas rojas. Sus ojos se aceraban y nunca nadie vio una mirada tan fría, tan pétrea.
Su marido, marino  de profesión, la echo de casa y  la  acusó de abandono de hogar. Decían que  tenía razón que ella había tenido un desliz. Nunca se confirmó. En una tarde perdió sus tres hijas y su vida.
Según contaban en casa,  mi abuelo, que estaba viudo y con dos hijos jóvenes,  la encontró una noche en la estación del Norte.  La llevo a casa  y la contrató de sirvienta.
Carmela  vivió con los tres hombres en la vieja casa de piedra. Los rumores decían que entre ella y mi abuelo había algo más...pero nunca nadie tuvo la certeza.
Intentó recuperar a sus hijas. Solía acudir  al colegio donde estudiaban  y las miraba desde la verja. Les llevaba bocadillos y regalos. Siempre volvía rechazada con sus paquetitos intactos.
Cuando mi abuelo marcho a Colombia, antes de enfermar, mi padre y mi tío casados ya, Carmela se fue a Paris a trabajar de cocinera.
A falta de otra familia y otro refugio que el de la vieja casa de piedra, volvía siempre en Navidades y en verano.
Cuando nací fui como una nieta para ella. Me  enseñó a confeccionar las almazuelas que tanto te gustan. En las tardes de invierno se sentaba en la cocina junto a la radio y diseñaba, cortaba y cosía sobrecamas, tapetes, cojines.
            Pero esta historia  será otra carta o quizás cuando nos veamos en las próximas vacaciones
Un abrazo para la amiga más entrañable y más guapa del mundo               Elisa


MARCACION Y CORTE

Llueve. Y las gotas resbalan por mi cara mezclándose con las lagrimas.  También llovía entonces.  Las gotas de agua caían por tu cara. Me habías cogido del brazo para ir más rápido. Hacía mucho que  no me cogías del brazo. Bajábamos por Siervas, en silencio. En silencio tenso. De bocas amordazadas. De palabras prohibidas. De emociones censuradas.
 Llovía. Me habías levantado   de la cama a empujones . Estabas sin afeitar y la barba ensombrecía tu cara. Olías a alcohol. Entonces tus palabras restallaron, concisas y secas, como un látigo que rasga la piel y el alma:
- Te  vas. Se acabo. Coge algo de ropa. Te llevo a la estación y te vas. ¿Entiendes? Vete. Ni se te ocurra volver. Olvídate de las niñas
 Las gotas  resbalaban por tu cara mezcladas con las lagrimas. Suspirabas  porque  tampoco soportabas el aire callado y frío que nos rodeaba hacía tanto tiempo. Tu cara  se contraía en una mueca dolorosa.
Mis ojos enrojecidos se llenaban de lluvia. Recuerdo el dolor y  las lagrimas que se mezclaban con ella. Dejé que  me lavase la cara y callé. Y el silencio se adueño de mi. Y me cubrió y me arropó y me ahogó y me asfixió.   El silencio me cubrió porque  tenía miedo. Miedo de las nubes grises se posan en mi corazón.  Callé. Era inútil . Sabía que no aceptarías explicaciones.
Una vez más me prohibiste abrirte el corazón. De nuevo prohibiste mis lagrimas pero también mis risas. Y me prohibiste.
Volvía a pesar  el aire que respirábamos. Yo miraba la lluvia , tú, las hojas otoñales que tapizaban el paseo.
 Bajábamos por Siervas hacia el final,  en silencio. En silencio tenso. De bocas censuradas.. De palabras amordazadas. De emociones prohibidas.
Ni siquiera dejaste que les dijese adiós.

COSTURA DEL BLOQUE
Para  comenzar se elige el tipo de cuadricula que se va a utilizar. La más sencilla  es la de cuatro parches. Pero las estrellas de ocho puntas son mis preferidas.

Luego en hojas de cuadritos se hace el diseño. Se combinan los triángulos y cuadrados, unas veces rotados, otras en espejo. Cuando ya se tiene claro el diseño del bloque y la forma total que adquirirá la sobrecama. Se buscan las telas. Deben de ser todas de la misma textura, lo contrario produciría desgarros antes o después.
            También se puede proceder al revés, primero buscar las telas y luego según su colorido y  textura, efectuar el diseño.
            Una vez terminado el diseño y elegidos los materiales se preparan las plantillas. Hay que tener mucho cuidado porque de ellas depende realizar una buena marcación y posterior corte. Los retazos desiguales rompen la armonía y ocasionan grandes problemas.
            Merece la pena cortar bastantes retazos de una vez, para tenerlos preparados y no estar cada poco necesitando parar la  costura.
Con puntadas finitas y un hilo de color adecuado se van uniendo unas piezas a otras. Al final se plancha cada bloque con mucho cuidado dejando la costura siempre en la parte oscura.
            Entre las hermanas, primas y  amigas realizábamos  la sobrecama  de bodas  que era parte importante del ajuar que llevaba la novia. Se cosía durante meses entre risas y bromas y se intentaba escribir en las dibujos la historia de amor y felicidad que esperaba a la pareja.
Yo también tuve una. El diseño era de estrella de ocho puntas . Los colores eran blancos, azules de dos tonos y una estampado muy alegre . De un algodón fino y de doble cara. 
 La idea que la inspiró se le ocurrió a mi prima Miren:  “ Y fueron felices y comieron perdices.” Yo  soñaba con las perdices. Como las que  desplumaba con gesto cansino en la cocina sentada en una silla baja. Las perdices pobretas daban pena, tan desnudas y tan muertas que les colgaba la cabeza de lado ,el cuello fláccido  y los ojitos cerrados .
Mi almazuela  se perdió,  ahora la reconstruyo con retazos de vida, una vieja foto, una carta y un recuerdo.



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