DISEÑO DE LOS
PARCHES
Nos saco esta foto el yerno de la
mujer del sombrero de paja, la que se sentaba a mi lado. Todas éramos
desconocidas pero apoyadas en la barca vieja, bajo la sombra del sauce,
charlamos como viejas amigas toda la tarde.
A finales del verano tu abuelo tenía la
costumbre de llevarnos al pantano de Landa . Me lo comunicaba muy serio y
compraba los billetes para el tren. Yo
preparaba la comida.
Solía asar unos pimientos en la chapa y los
pelaba con poco cuidado y mucha prisa, siempre les quedaba alguna pellejo, cosa que
a él le irritaba
sobremanera. Los rehogaba a fuego muy lento, en una cazuela de barro con ajos y poquísimo aceite. Luego desmigaba
los restos de la carne del cocido. Y así preparaba un revuelto que llaman “ropa vieja”. Cortaba una otana
grande y la ahuecaba quitándole la miga, de forma que hiciese de plato donde
colocaba el revuelto que tapaba con la otra mitad.
También cocía patatas, zanahorias y
huevos que cortaba en rodajas. Luego añadía lechuga , algún resto de pimiento,
unas aceitunas y hacía una
ensalada de verano que aliñaba cuando llegábamos.
Llevábamos cerezas y guindas de la
huerta y una botella de vino que él compraba en la bodega de Majuelo.
Tu padre y tu tío, de muchachos,
soñaban con ese día todo el año . Creo que este de la foto fue el último. Tu
tío tendría unos diecinueve años y tu padre sobre los dieciocho.
En la foto, se me ve de espaldas
mirando el agua quieta y se intuye la
sonrisa de satisfacción que bailaba en mis labios mientras contemplaba a los
tres hombres: tu abuelo José, tu tío Ángel y tu padre Miguel.
Tu abuelo y sus dos hijos paseaban descalzos
por la orilla del lago, envidiando a los dueños de las barquichuelas que se
divertían buscando el viento.
Sus zapatos vacíos reposaban a mi lado, bajo
mi cuidado...
Los zapatos negros brillantes de José con sus
calcetines cuidadosamente doblados, limpios y sin zurcidos. Elegantes,
discretos y serios. Tan serios.
Las alpargatas descuidadas de Ángel,
siempre mohíno y enfurruñado. Ceño perpetuamente fruncido desde que murió su
madre. Culpando a su padre y quizás un poco a mí también.
Las sandalias, a medio camino entre
niño y hombre, de
Miguel, el pequeño sabandija, inteligente y vivaracho. Siempre cizañando a su
hermano.
Y mis zapatos. Mis zapatos nuevos.
José me los regalo el mismo día que me anunció la excursión. Eran de su difunta esposa , no estaban los tiempos para
gastos. Fueron zapatos
prestados, como todo lo demás en ese día. Me llevo del brazo, me trato como si
fuese quien no era y quien nunca podría ser.
Dejé que las mujeres creyesen
que eran mi familia. Me comporte como esposa enamorada y madre feliz de dos
hermosos varones. Si hubiesen sabido la verdad seguramente no me hubiesen
dirigido la palabra. Y aquel día no quería estar sola.
Le pedí a la mujer del sombrero de
paja que me enviase esta
foto y le di la dirección de la vieja casa de piedra.
Luego más tarde aquella noche, tu abuelo y yo hablamos largo y tendido, en el porche,
sentados en las sillas nuevas de mimbre, bajo la acacia.
Yo no podía permitirme más comentarios,
ni rumores, ni chismorreos. Él lo entendió.
Me siguió tratando con el respeto de siempre, con amabilidad, con dulzura
incluso, pero dejo de mirarme.
PREPARACION DE LAS PLANTILLAS
Hola querida amiga:
En tu última carta me preguntas por la tantas veces mencionada Carmela. Su recuerdo esta unido al de mi primera
infancia.
Era una mujer alta, rubia, con la nariz afilada y larga de las
vascas. Los ojos azul claro del color que dicen que es el
hielo en los glaciares. Elegante en todo momento. Toda una señora que siempre
supo llevar la cabeza alta.
Cuando se enfadaba no decía nada. Sus labios finos se hacían casi
invisibles y en sus mejillas aparecían unas manchitas rojas.
Sus ojos se aceraban y nunca nadie vio una mirada tan fría, tan pétrea.
Su marido, marino de profesión, la echo de casa y la acusó de abandono de hogar. Decían que tenía razón que ella había tenido un desliz. Nunca
se confirmó. En una tarde perdió sus tres hijas y su vida.
Según contaban en casa, mi abuelo, que estaba viudo y con dos hijos jóvenes, la encontró una noche en la estación del
Norte. La llevo a casa y la contrató de sirvienta.
Carmela vivió con los tres hombres en la vieja casa de piedra. Los rumores
decían que entre ella y mi abuelo había algo más...pero nunca nadie tuvo la
certeza.
Intentó recuperar a sus hijas. Solía acudir al colegio donde estudiaban y las miraba desde la verja. Les llevaba bocadillos
y regalos. Siempre volvía rechazada con sus paquetitos intactos.
Cuando mi abuelo marcho a Colombia, antes de enfermar, mi padre y mi
tío casados ya, Carmela se fue a Paris a trabajar de cocinera.
A falta de otra familia y otro refugio que el de la vieja casa de
piedra, volvía siempre en Navidades y en verano.
Cuando nací fui como una nieta para
ella. Me enseñó a
confeccionar las almazuelas que tanto te gustan. En las tardes de invierno se
sentaba en la cocina junto a la radio y diseñaba, cortaba y cosía sobrecamas,
tapetes, cojines.
Pero esta historia será otra carta o quizás cuando nos
veamos en las próximas vacaciones
Un abrazo para la amiga más
entrañable y más guapa del
mundo Elisa
MARCACION Y CORTE
Llueve. Y las gotas resbalan por mi
cara mezclándose con las lagrimas. También llovía entonces. Las gotas de agua caían por tu cara. Me
habías cogido del brazo para ir más rápido. Hacía mucho que no me cogías del brazo. Bajábamos por
Siervas, en silencio. En silencio tenso. De bocas amordazadas. De palabras
prohibidas. De emociones censuradas.
Llovía. Me habías levantado de la cama a empujones . Estabas sin afeitar y la
barba ensombrecía tu cara. Olías a alcohol. Entonces tus palabras restallaron,
concisas y secas, como un látigo que rasga la piel y el alma:
- Te vas. Se acabo. Coge algo de ropa. Te llevo a la estación y te vas.
¿Entiendes? Vete. Ni se te ocurra volver. Olvídate de las niñas
Las gotas resbalaban por tu cara mezcladas con las lagrimas. Suspirabas porque tampoco soportabas el aire callado y frío que nos
rodeaba hacía tanto tiempo. Tu cara se contraía en una mueca dolorosa.
Mis ojos enrojecidos se llenaban de lluvia. Recuerdo el dolor y las lagrimas que se mezclaban con ella. Dejé
que me lavase la cara y callé. Y el silencio se adueño
de mi. Y me cubrió y me arropó y me ahogó y me asfixió. El silencio me cubrió porque tenía miedo. Miedo de las nubes grises se posan en
mi corazón. Callé. Era inútil . Sabía que no aceptarías
explicaciones.
Una vez más me prohibiste abrirte el corazón. De nuevo prohibiste mis
lagrimas pero también mis risas. Y me prohibiste.
Volvía a pesar el aire que respirábamos. Yo miraba la lluvia , tú, las hojas otoñales
que tapizaban el paseo.
Bajábamos por Siervas hacia el final, en silencio. En silencio tenso. De bocas
censuradas.. De palabras amordazadas. De emociones prohibidas.
Ni siquiera dejaste que les dijese
adiós.
COSTURA DEL BLOQUE
Para comenzar se elige el tipo de cuadricula que
se va a utilizar. La más sencilla es la de cuatro parches. Pero las estrellas
de ocho puntas son mis preferidas.
Luego en hojas de cuadritos se hace
el diseño. Se combinan los triángulos y cuadrados, unas veces rotados, otras en
espejo. Cuando ya se tiene claro el diseño del bloque y la forma total que
adquirirá la sobrecama. Se buscan las telas. Deben de ser todas de la misma
textura, lo contrario produciría desgarros antes o después.
También se puede proceder al revés, primero
buscar las telas y luego según su colorido y textura, efectuar el diseño.
Una vez terminado el diseño y elegidos los
materiales se preparan las plantillas. Hay que tener mucho cuidado porque de
ellas depende realizar una buena marcación y posterior corte. Los retazos
desiguales rompen la armonía y ocasionan grandes problemas.
Merece la pena cortar bastantes retazos de
una vez, para tenerlos preparados y no estar cada poco necesitando parar
la costura.
Con puntadas finitas y un hilo de
color adecuado se van uniendo unas piezas a otras. Al final se plancha cada
bloque con mucho cuidado dejando la costura siempre en la parte oscura.
Entre las hermanas, primas y amigas realizábamos la sobrecama de bodas que era parte importante del ajuar que
llevaba la novia. Se cosía durante meses entre risas y bromas y se intentaba
escribir en las dibujos la historia de amor y felicidad que esperaba a la
pareja.
Yo también tuve una. El diseño era de estrella de ocho puntas . Los
colores eran blancos, azules de dos tonos y una estampado muy alegre . De un
algodón fino y de doble cara.
La idea que la inspiró se le ocurrió a mi prima Miren: “ Y fueron felices y comieron perdices.” Yo soñaba con las perdices. Como las que desplumaba con gesto cansino en la cocina sentada en
una silla baja. Las perdices pobretas daban pena, tan desnudas y tan muertas
que les colgaba la cabeza de lado ,el cuello fláccido y los ojitos cerrados .
Mi almazuela se perdió, ahora la reconstruyo con retazos de vida, una vieja foto, una carta y
un recuerdo.


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