martes, 17 de noviembre de 2015

CRÓNICA DE UNA DESAPARICION



Y sentí que estaba desapareciendo. Era un viernes por la noche. Había tenido una cena con los compañeros del nuevo trabajo y había conseguido marcharme “a la francesa”. Quiero decir que ya había cumplido con el trámite de tomarme un par de copas y podía irme a casa  sin dar lugar a comentarios, sin tener que disculparme, ni  despedirme.
Salí a la calle. El aire limpio traía un plácido aroma. Respiré profundamente  tratando de singularizar los olores. La lluvia que, aunque fina había sido constante a lo largo de todo el día, me refrescó el rostro y me limpió los ojos. Caminé sin prisas hacia el rumor del mar que se adivinaba detrás de la línea de  edificios del fondo.
Había sido un día como tantos. No recuerdo haber hecho nada diferente. Tampoco comí, ni bebí nada extraño. Fumé algo menos de lo acostumbrado y no tuve encuentros enojosos.
No recuerdo nada, absolutamente nada que pudiese indicar lo que me estaba a punto de ocurrir. Nada que pudiese ser el desencadenante del proceso en el que me hundiría.
Llevaba menos de diez minutos andando cuando lo sentí. No era una sensación desagradable ni dolorosa. Simplemente me faltaba algo. Noté un pequeño vacío dos dedos por encima del diafragma.
En aquel momento sonreí para mis adentros pensando en las extrañas sensaciones que genera la mente. Observé el árbol joven junto al que me había detenido. Dos o tres ramas  que rebosaban de flores rosadas se combaban hacia el suelo.  Un disparatado garabato informe que resquebrajaba el asfalto reivindicando su existencia.  No creo que entonces lo apreciase tal y como lo recuerdo ahora. Seguramente me paré para encender un cigarrillo o  para desplegar el paraguas y reanudé la marcha.
El asunto no hubiese ido a más sino fuese porque el proceso que entonces se acababa de iniciar, continuó imparable.
Al principio sólo fue eso: un pequeño agujero en la boca del estómago. Luego vino la ligereza, la ingravidez, un flotar leve al caminar.
Unos días después, la falta de sensaciones cotidianas, que por su misma monotonía suelen pasar desapercibidas o quedar relegadas al inconsciente, se me  hizo  evidente: ese zapato que  aprieta en el empeine, el peso del jersey sobre los hombros, el suave resbalar de los pantalones rozando los muslos, la cinturilla en las caderas.
A la semana, dejé de sentir la solidez de mi cuerpo. El dolorcillo de la rodilla o el agarrotamiento del cuello, el crujido de los huesos al hacer determinado movimiento, la tensión en los abdominales al agacharse o al incorporarse.
Debo de reconocer que hasta entonces todo había sido bastante placentero. Sensaciones internas que no afectaban a mi vida, ni a mis relaciones con el exterior, por otro lado bastante escasas. Dejar de sentir el cuerpo como una carga, como un peso, recuperar la agilidad, la flexibilidad perdida con los años era agradable y sorprendente.
Suponía que todo era consecuencia de las vitaminas que había empezado a tomar por primavera. Prometían energía renovada y la levedad que me envolvía podía ser un efecto secundario. Explicaciones tranquilizadoras, mentiras piadosas con las que trataba de autoconvencerme de que no pasaba nada.
Apenas un mes más tarde, comprobé que visualmente también estaba perdiendo corporalidad.Me estaba desdibujando. Lo percibí en la calle, en la tienda, en el trabajo. Mi reflejo en las cristaleras, en los espejos, era tenue. Mi sombra, informe. Una transparencia gris en la piel y un profundo abismo en los ojos  y sobre todo, lo más duro, un resbalar de la mirada de los otros que no se posaba en mí, que me atravesaba. Me empecé a obsesionar. Cada pocos minutos necesitaba comprobar que todavía se me veía.
Reuní todo tipo de libros y manuales sobre la invisibilidad en un vano intento de comprender que me estaba ocurriendo. El invisible existe. No se le percibe con uno de los sentidos pero sigue teniendo corporeidad, solidez al tacto, al oído, al olfato. Los demás no lo ven pero él no deja de sentirse, de tenerse. Come, bebe, tiene frío y calor, le duele, sangra... No hay comparación posible con mi caso.
Cada día observo los avances  de mi dolencia. Las fotos donde aparece mi imagen se difuminan, mi lugar lo ocupa un vacío inapreciable. No dejo hueco en la cama, ni calor entre las sábanas.
He perdido mi olor característico, no se me oye cuando trato de hablar, el tacto de mi piel es frío, como de aire. He de confesar que me he lamido tratando de buscar el sabor salado del sudor y  no lo he hallado. Parece increíble y sin embargo me estoy derritiendo, fundiéndome con la nada.
Dejé de ir a trabajar porque me resultaba intolerable el contacto con el “prójimo” tan ajeno, tan ignorante de mí. Para no confrontarme con ellos que me devolvían cada vez más insistentemente el reflejo de la nada en la que me estoy convirtiendo. Cuando llamé para avisar que abandonaba el puesto, no me recordaban.
Ya no recibo correspondencia, ni siquiera  cartas de  bancos, facturas, publicidad... Nunca he utilizado el teléfono demasiado y tampoco recibía muchas llamadas pero ya hace tiempo que no suena ni por equivocación.
No me ladran ni los perros. El otro día un petirrojo se posó en el alfeizar de mi ventana, a dos centímetros de mi mano y estuvo picoteando  mis dedos.
Mi primera intuición no estaba equivocada: estoy desapareciendo. No me estoy volviendo invisible, estoy dejando de existir ante los otros y ante mí mismo.  El mundo está olvidando mi existencia. No es que me importe, en algunos momentos, incluso lo he deseado fervientemente, sin embargo, ahora, que alguien me mirase a los ojos sería, como poco, agradable.
He seguido buscando  información sobre mi enfermedad. He investigado sobre posibles razones y afectados. En el fondo me da igual el porqué y tampoco me aliviaría el saber que hay otros en mi situación pero he querido creer que de las causas y del tipo de enfermos podría deducir una solución, tratar de revertir el proceso, encontrar un remedio. No hay nada. Al fin y al cabo, si a alguien le ha ocurrido lo mismo que a mí, si ha desaparecido como yo estoy desapareciendo, lo más probable es que no conste en ningún registro.
 No he considerado conveniente acudir a los especialistas médicos que en el caso de que me reconociesen, me  tratarían de demente, complicando mi débil y problemática existencia. He decidido atacar el proceso sobre la base de los síntomas.
Así, si el primero fue levedad y falta de consistencia interna, se me ha ocurrido  comer alimentos pesados, con alta densidad, con solidez, con entidad: carne roja, cereales integrales, legumbres, frutas carnosas con mucho olor y mucho sabor.
Con el fin de desarrollar la musculación y no dejar que se extinga realizo estiramientos y todo tipo de ejercicios gimnásticos.
Para la cuestión de la invisibilidad que parece más externa utilizo tintes vegetales tanto para el cabello como para la piel. Me froto con aceites esenciales y pomadas untuosas que me den olor, con alcoholes de plantas aromáticas tratando de calentarme, de activar la circulación de la sangre que se me ha vuelto acuosa con un leve tinte rosado.
No he logrado resultados apreciables. Mi entidad es como un agujero negro que succiona hacia la nada cualquier elemento que se acerca a su superficie.
Últimamente he vuelto a salir a la calle. Me he empeñado en que me vean, me oigan, me huelan, me toquen, me perciban de cualquier manera. ¿Y si fuese el remedio? Es imposible. La solución no puede radicar en algo tan abiertamente externo a mí. Por otro lado, es todo tan extraño, que no entiendo porque sigo aplicando la lógica para resolverlo. No tiene importancia. Sólo sé que necesito que me identifiquen, que me registren. Me da igual un bofetón que un beso, hasta que me eviten con asco puede servirme.
Me visto con ropas llamativas, de colores vivos, que ofenden al buen gusto y a la discreción. Me inundo de colonia y salgo a la calle adoptando actitudes provocativas. Escupo a los pies de los transeúntes, los empujo y me cuelo en las filas. En una palabra, hago todo lo que siempre he evitado, me comporto de una forma imperdonable, trato de llamar la atención con mi pelo teñido y mi cuerpo pintado. Cualquier cosa por un signo de reconocimiento que nunca llega. Me ignoran. No existo.
Supero con dificultad  la tentación de refugiarme en la esperanza: si llamase alguien, si alguien me recordase. ¿Quién? Él que espera, desespera. He pasado mi vida  huyendo de compromisos y lazos afectivos. Ni familia, ni amigos, ni conocidos que me estrujasen en sus trampas emocionales. Lamentarme de haber dejado tan poca huella en el camino no sirve de nada. Por desgracia, el resultado va a ser el mismo haya tenido una gran vida social o no. Es estúpido pensar que alguien de mi pasado  me pueda recordar, cuando las personas con las que me tropiezo todos los días me niegan repetidamente. Me están borrando de la memoria de la humanidad. ¡Grandilocuente hasta el final! ¿Qué le importa a la humanidad que me supriman?
Hoy cumplo cuarenta y cinco años. Intuyo que el  irreversible proceso acabará en breve. Esta última noche he pasado de contemplar resignadamente el desarrollo de la enfermedad a una actividad rabiosa y vehemente. Ya no me importa tanto dejar de ser como no haber sido.


Llevo toda la noche escribiendo la crónica de estos tres últimos meses. Cuando termino una página se volatiliza la escritura de la anterior. No importa. Sigo escribiendo los mismos párrafos una y otra vez. Desaparecerán una y otra vez. No importa. Escribo siempre lo mismo. Si consigo escribir lo suficientemente rápido como para terminar antes de que desaparezcan las primeras palabras, puede que logre que al menos unas líneas