Y sentí que estaba
desapareciendo. Era un viernes por la noche. Había tenido una cena con los
compañeros del nuevo trabajo y había conseguido marcharme “a la francesa”.
Quiero decir que ya había cumplido con el trámite de tomarme un par de copas y
podía irme a casa sin dar lugar a comentarios, sin tener que disculparme,
ni despedirme.
Salí a la calle. El
aire limpio traía un plácido aroma. Respiré profundamente tratando de
singularizar los olores. La lluvia que, aunque fina había sido constante a lo
largo de todo el día, me refrescó el rostro y me limpió los ojos. Caminé sin
prisas hacia el rumor del mar que se adivinaba detrás de la línea de
edificios del fondo.
Había sido un día
como tantos. No recuerdo haber hecho nada diferente. Tampoco comí, ni bebí nada
extraño. Fumé algo menos de lo acostumbrado y no tuve encuentros enojosos.
No recuerdo nada,
absolutamente nada que pudiese indicar lo que me estaba a punto de ocurrir.
Nada que pudiese ser el desencadenante del proceso en el que me hundiría.
Llevaba menos de diez
minutos andando cuando lo sentí. No era una sensación desagradable ni dolorosa.
Simplemente me faltaba algo. Noté un pequeño vacío dos dedos por encima del
diafragma.
En aquel momento
sonreí para mis adentros pensando en las extrañas sensaciones que genera la
mente. Observé el árbol joven junto al que me había detenido. Dos o tres
ramas que rebosaban de flores rosadas se combaban hacia el suelo.
Un disparatado garabato informe que resquebrajaba el asfalto reivindicando su
existencia. No creo que entonces lo apreciase tal y como lo recuerdo
ahora. Seguramente me paré para encender un cigarrillo o para desplegar
el paraguas y reanudé la marcha.
El asunto no hubiese
ido a más sino fuese porque el proceso que entonces se acababa de iniciar,
continuó imparable.
Al principio sólo fue eso: un pequeño agujero en
la boca del estómago. Luego vino la ligereza, la ingravidez, un flotar leve al
caminar.
Unos días después, la falta de sensaciones
cotidianas, que por su misma monotonía suelen pasar desapercibidas o quedar
relegadas al inconsciente, se me hizo evidente: ese zapato
que aprieta en el empeine, el peso del jersey sobre los hombros, el suave
resbalar de los pantalones rozando los muslos, la cinturilla en las caderas.
A la semana, dejé de
sentir la solidez de mi cuerpo. El dolorcillo de la rodilla o el agarrotamiento
del cuello, el crujido de los huesos al hacer determinado movimiento, la
tensión en los abdominales al agacharse o al incorporarse.
Debo de reconocer que
hasta entonces todo había sido bastante placentero. Sensaciones internas que no
afectaban a mi vida, ni a mis relaciones con el exterior, por otro lado
bastante escasas. Dejar de sentir el cuerpo como una carga, como un peso,
recuperar la agilidad, la flexibilidad perdida con los años era agradable y
sorprendente.
Suponía que todo era
consecuencia de las vitaminas que había empezado a tomar por primavera.
Prometían energía renovada y la levedad que me envolvía podía ser un efecto
secundario. Explicaciones tranquilizadoras, mentiras piadosas con las que
trataba de autoconvencerme de que no pasaba nada.
Apenas un mes más
tarde, comprobé que visualmente también estaba perdiendo corporalidad.Me estaba
desdibujando. Lo percibí en la calle, en la tienda, en el trabajo. Mi reflejo
en las cristaleras, en los espejos, era tenue. Mi sombra, informe. Una
transparencia gris en la piel y un profundo abismo en los ojos y sobre
todo, lo más duro, un resbalar de la mirada de los otros que no se posaba en
mí, que me atravesaba. Me empecé a obsesionar. Cada pocos minutos necesitaba
comprobar que todavía se me veía.
Reuní todo tipo de
libros y manuales sobre la invisibilidad en un vano intento de comprender que
me estaba ocurriendo. El invisible existe. No se le percibe con uno de los
sentidos pero sigue teniendo corporeidad, solidez al tacto, al oído, al olfato.
Los demás no lo ven pero él no deja de sentirse, de tenerse. Come, bebe, tiene
frío y calor, le duele, sangra... No hay comparación posible con mi caso.
Cada día observo los
avances de mi dolencia. Las fotos donde aparece mi imagen se difuminan,
mi lugar lo ocupa un vacío inapreciable. No dejo hueco en la cama, ni calor
entre las sábanas.
He perdido mi olor
característico, no se me oye cuando trato de hablar, el tacto de mi piel es
frío, como de aire. He de confesar que me he lamido tratando de buscar el sabor
salado del sudor y no lo he hallado. Parece increíble y sin embargo me
estoy derritiendo, fundiéndome con la nada.
Dejé de ir a trabajar
porque me resultaba intolerable el contacto con el “prójimo” tan ajeno, tan
ignorante de mí. Para no confrontarme con ellos que me devolvían cada vez más
insistentemente el reflejo de la nada en la que me estoy convirtiendo. Cuando
llamé para avisar que abandonaba el puesto, no me recordaban.
Ya no recibo
correspondencia, ni siquiera cartas de bancos, facturas,
publicidad... Nunca he utilizado el teléfono demasiado y tampoco recibía muchas
llamadas pero ya hace tiempo que no suena ni por equivocación.
No me ladran ni los
perros. El otro día un petirrojo se posó en el alfeizar de mi ventana, a dos
centímetros de mi mano y estuvo picoteando mis dedos.
Mi primera intuición
no estaba equivocada: estoy desapareciendo. No me estoy volviendo invisible,
estoy dejando de existir ante los otros y ante mí mismo. El mundo está
olvidando mi existencia. No es que me importe, en algunos momentos, incluso lo
he deseado fervientemente, sin embargo, ahora, que alguien me mirase a los ojos
sería, como poco, agradable.
He seguido buscando
información sobre mi enfermedad. He investigado sobre posibles razones y
afectados. En el fondo me da igual el porqué y tampoco me aliviaría el saber
que hay otros en mi situación pero he querido creer que de las causas y del
tipo de enfermos podría deducir una solución, tratar de revertir el proceso,
encontrar un remedio. No hay nada. Al fin y al cabo, si a alguien le ha
ocurrido lo mismo que a mí, si ha desaparecido como yo estoy desapareciendo, lo
más probable es que no conste en ningún registro.
No he considerado conveniente acudir a los
especialistas médicos que en el caso de que me reconociesen, me tratarían
de demente, complicando mi débil y problemática existencia. He decidido atacar
el proceso sobre la base de los síntomas.
Así, si el primero
fue levedad y falta de consistencia interna, se me ha ocurrido comer
alimentos pesados, con alta densidad, con solidez, con entidad: carne roja,
cereales integrales, legumbres, frutas carnosas con mucho olor y mucho sabor.
Con el fin de
desarrollar la musculación y no dejar que se extinga realizo estiramientos y
todo tipo de ejercicios gimnásticos.
Para la cuestión de
la invisibilidad que parece más externa utilizo tintes vegetales tanto para el
cabello como para la piel. Me froto con aceites esenciales y pomadas untuosas
que me den olor, con alcoholes de plantas aromáticas tratando de calentarme, de
activar la circulación de la sangre que se me ha vuelto acuosa con un leve
tinte rosado.
No he logrado
resultados apreciables. Mi entidad es como un agujero negro que succiona hacia
la nada cualquier elemento que se acerca a su superficie.
Últimamente he vuelto
a salir a la calle. Me he empeñado en que me vean, me oigan, me huelan, me
toquen, me perciban de cualquier manera. ¿Y si fuese el remedio? Es imposible.
La solución no puede radicar en algo tan abiertamente externo a mí. Por otro
lado, es todo tan extraño, que no entiendo porque sigo aplicando la lógica para
resolverlo. No tiene importancia. Sólo sé que necesito que me identifiquen, que
me registren. Me da igual un bofetón que un beso, hasta que me eviten con asco
puede servirme.
Me visto con ropas
llamativas, de colores vivos, que ofenden al buen gusto y a la discreción. Me
inundo de colonia y salgo a la calle adoptando actitudes provocativas. Escupo a
los pies de los transeúntes, los empujo y me cuelo en las filas. En una
palabra, hago todo lo que siempre he evitado, me comporto de una forma
imperdonable, trato de llamar la atención con mi pelo teñido y mi cuerpo
pintado. Cualquier cosa por un signo de reconocimiento que nunca llega. Me
ignoran. No existo.
Supero con
dificultad la tentación de refugiarme en la esperanza: si llamase
alguien, si alguien me recordase. ¿Quién? Él que espera, desespera. He pasado
mi vida huyendo de compromisos y lazos afectivos. Ni familia, ni amigos,
ni conocidos que me estrujasen en sus trampas emocionales. Lamentarme de haber
dejado tan poca huella en el camino no sirve de nada. Por desgracia, el
resultado va a ser el mismo haya tenido una gran vida social o no. Es estúpido
pensar que alguien de mi pasado me pueda recordar, cuando las personas
con las que me tropiezo todos los días me niegan repetidamente. Me están
borrando de la memoria de la humanidad. ¡Grandilocuente hasta el final! ¿Qué le
importa a la humanidad que me supriman?
Hoy cumplo cuarenta y
cinco años. Intuyo que el irreversible proceso acabará en breve. Esta
última noche he pasado de contemplar resignadamente el desarrollo de la
enfermedad a una actividad rabiosa y vehemente. Ya no me importa tanto dejar de
ser como no haber sido.
Llevo toda la noche
escribiendo la crónica de estos tres últimos meses. Cuando termino una página
se volatiliza la escritura de la anterior. No importa. Sigo escribiendo los
mismos párrafos una y otra vez. Desaparecerán una y otra vez. No importa.
Escribo siempre lo mismo. Si consigo escribir lo suficientemente rápido como
para terminar antes de que desaparezcan las primeras palabras, puede que logre
que al menos unas líneas