martes, 10 de julio de 2012

PREMONICIONES



Tomó la bola de cristal entre sus manos y la acarició. Cerró los ojos y se la llevó a la frente, la hizo rodar por la  cara, por los labios, por el cuello.  Su tacto fresco y  suave calmó la fiebre. Se concentró en la sensación de dureza, en la pesadez perfectamente redonda. Luego,  tomándola firmemente con las dos manos,  observó su interior.
Y miró y vio la niebla que rebosaba suavemente desde la cima de Amboto como la leche hervida se rebosa del puchero,  el amanecer y el sol del mediodía. Vio la lluvia y la nieve y el viento jugando con la hojarasca. Reconoció el árbol centenario que cobija el mundo conocido con sus ramas extendidas. Contemplo a los amigos charlando en el porche al atardecer y el silencio que impuso la luna.
Y supo que el año nuevo sería tan perfecto como el que terminaba. Que el futuro le prometía días blancos y negros, azules, encarnados,  dorados. Jugosos como las naranjas dulces, ácidos como el refrescante limón. Fríos para acurrucarse junto al fuego y calurosos para disfrutarlos en el arroyo. Supo que lloraría y reiría, que le dolería y que pasaría. Que algo parecido a la felicidad ocurriría una mañana y en otra se sentiría desgraciado.

Tuvo la certeza de que cada día le depararía una sorpresa y que  el secreto era no dejar que nada de esto se le escurriese entre los dedos.

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